Tafí del Valle. Fin de semana movido y con mucha afluencia de visitantes, debido al ya tradicional Seven de Rugby. Adolescentes, boliches y una manada de jóvenes propinándole una terrible golpiza a otro joven, por estar bailando (supuestamente) con la hermana de uno de los agresores. Al leer la noticia y, en forma automática, me vino a la memoria el caso de Fernando Báez Sosa, les guste o no a los abogados defensores de los acusados de este acto. Tengo tres hijos varones y, cada vez que sucede un acto como éste, me surgen preguntas, no para juzgar a otros padres, sino para mirarme en ellos, al evaluarme como tal. Y pienso: ¿qué conductas muestro a mis hijos, dentro y fuera de casa, tanto para con ellos, como para con terceros? ¿Podrían mis formas y modos de comunicarme transmitirles soberbia, violencia, intolerancia, odio racial o de clases? ¿Estoy al tanto de las personas con las que conviven diariamente mis hijos y sobre los lugares a los que asisten? ¿Sé cómo se comportan cuando están en la calle y, sobre todo, en grupo? Vivir en una ciudad como Tafí Viejo no dista mucho de hacerlo en una como la de Concepción y, puedo asegurarlo - sin temor a equivocarme - que nos conocemos todos (para bien o para mal) y siempre recibimos comentarios sobre el desenvolvimiento de nuestros hijos en sus escuelas o colegios; en sus clubes o gimnasios; entre sus grupos de amigas y amigos. Son señales, mensajes, satisfacciones o alertas que debemos tomar siempre con prudencia, pero con firmeza. Ser consecuente con el pensar, el decir y el hacer es el mejor ejemplo que podemos transmitir a nuestros hijos. Luego, al traspasar la puerta de casa para salir, todo queda en sus manos, pero con la enseñanza otorgada en casa, muy adentro de cada uno de ellos. Hay quienes dicen que es una lotería, pero la ludopatía no entra en esto, porque la vida no es un juego y, mucho menos, la de otro.
Javier Ernesto Guardia Bosñak
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